- ¿Te hago una voltereta?
- Una voltereta... ¿cómo?
- ¡Cógete a mis manos! ¡Agárrate fuerte!
Y me agarré. Y cuando todo el mundo estaba bocabajo y los objetos eran borrones de colores sin formas definidas, zzziup!!! Se soltaron las manos. Plaff!!! Como el Papa besando la tierra. Tendría 5 años aproximadamente y me costaba entender que después de tal incidente siguieran con la manía de hacerme volteretas. A veces los niños tenemos demasiada paciencia.
Sobre todo en los centros comerciales. Aquel día me habían puesto un conjunto de lana rosa con bufanda y boina a juego y por lo visto estaba tan mona que debía de llevarlo sin rechistar aunque estuvieramos a 50º.
- ¡Agárrate de mi mano y no te sueltes!
Y me agarré. Otra vez. Transcurrió más media hora antes de que temiera por mi integridad física (me estaba derritiendo sumergida en la nube de angora rosa). Aparte la boina. Miré por fin hacia arriba con cara de súplica y dije: "Anda, tú no eres mi mamá"

Aún así, una llega a los 7 años cayendo en todo tipo de bromas similares a -yo te agarro la silla- y por supuesto das con el culo en el suelo, o en la piscina -agárrate que te ayudo a salir- y te vuelven a empujar aún más lejos y cómo no, el clásico: la bicicleta.
- ¡Que te agarro, tu corre!
Y corres. Y cuando más rápido vas sin tus ruedetas, te giras para compartir la alegría con tu progenitor pero, ¿dónde esta? ¡No está! ¡Ah sí! ¡Pero muy chiquitito! ¡Qué lejos! Inevitable.... ¡Pataplof! Lógico. Hace sólo un rato que haciendo el molinillo te ha soltado porque le sudaban las manos, ¿no te iba a soltar ahora? Ahora al menos tengo ruedas, antes simplemente he planeado sobre el césped.
En cualquier caso, a partir de los 10-12 años, mis mayores estaban muy orgullosos porque yo era una niña que nunca le cogía la mano a nadie.

- Agárrate, Tam.
- No puedo...
- ¿Aún no?
- Lo siento.
¿Será por esto que cuesta tanto agarrar una mano tendida?
(Yo, por si acaso, nunca gasto según qué bromas a los niños)
Y Tú, ¿confías?